El jardín prohibido

Siendo niño, escuchaba: ¡Que viene la prima-vera! (el lobo había venido mucho antes —y ya se había ido—). Yo, no sé porque extraordinario mal entendido, esperaba la grata llegada de una joven pariente, delicada y atractiva. Sin embargo, no tardaron en martirizarme con aquella cuestión familiar, ancestral y recurrente: —que si era pecado, que si era una deshonra; …además de una enfermiza relación de incestuosa endogamia y bajeza moral impropia de una persona formal.
Fueron pasando los años y sus estaciones. Y yo, que no entendía nada de nada, seguía esperando la llegada de aquella “prima” tan deseada, creyendo ciegamente en la perfecta armonía que suscitaba en mí; aunque se tratara de una relación prohibida que, bien podía confundirse con mal de amores: su deslumbrante luminosidad, las mil fragancias que desprendía, la febril elegancia de sus vivos colores, los frutos exuberantes en que habrían de convertirse sus inmaculadas flores… Los escalofríos, las rebeldes mariposas, las verdes enredaderas, los vencejos y las azucenas conque me perseguía.
Y, de nuevo, la voz aguda de la conciencia, el indignante bochorno de la culpa, y la más abominable de las sentencias: —no debes, no puedes —de ninguna manera— enamorarte de la prima-vera. Es sangre de tu sangre; es la maldita manzana de Eva en el paraíso provocador de tu adolescente quimera; es tu vida rebelde que se altera; es, sin lugar a dudas, el jardín prohibido en que cualquier hombre o mujer, a tu edad dorada, perderse quisiera.

Autor

Nombre: Ángel Rebollo Santa Paula

39

139

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies