El lobo

Siempre habíamos dudado de que el abuelo tuviera la cabeza en su sitio. Yo, desde aquel día, no tuve duda alguna. Me contó algo extraordinario que le ocurrió con su padre en el bosque, cuando era pequeño.
Tendría diez u once años. Acompañó a su padre de cacería, por vez primera, era una especie de iniciación. “Poco duró la fiesta -me contaba mi abuelo-. Al poco nos apareció un lobo enorme. Tenía unos dientes como cuchillos y el odio en la mirada, como si despreciara a toda la raza humana y sólo quisiera vernos a todos muertos, a todos. Era como sobrenatural. Se abalanzó sobre mi padre y le mordió en el brazo. No le dio tiempo de centrar la escopeta, que se le escapó de las manos al sentir la dentellada. Rápidamente le mordió la pierna, el otro brazo, la cara, el pecho… En pocos minutos la fiera había terminado con mi padre. Y yo estaba allí, petrificado, con un miedo tan espeso que lo sentía embadurnándome la piel y paralizándome”. “¿Y qué pasó contigo, abuelo, qué pasó luego?”, le pregunté. “El lobo me comió, hijo, me comió, el lobo me comió”, me respondió entre lágrimas.

Autor

Nombre: José Cenizo Jiménez

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