El niño enfermo

Los niños que juegan en la calle se arrojan bolas de nieve que amasan con manos ateridas. Tienen sabañones en las orejas y las naricillas coloradas por el frío. En el batallar tropiezan cómicamente y cuando ríen o gritan echan fumarolas de vaho por sus bocas. Tanto griterío despierta al niño enfermo que, incorporándose de la cama, traza un círculo en el empañado cristal de la ventana.
El niño que mira a través del improvisado ojo de buey no puede jugar con ellos: debe guardar reposo y no tener contacto con nadie, porque tiene pulmonía y en la época que nos ocupa es enfermedad muy grave. Pero a pesar de su estado febril y desfalleciente, se levanta, arroja a un lado la manta impregnada de los insanos efluvios de su cuerpo y huye de su aislamiento forzoso en el cuarto emponzoñado.
Sale fuera y, aunque va descalzo, no siente frío en los pies. Tampoco le duele el pecho al inhalar el aire gélido y tajante, sino que colma sus pulmones inflamados como si fuera nutricia sopa caliente. De repente nota cómo se desvanecen flemas y estertores, cómo cesa el flujo de mocos mohosos y las sanguinolentas expectoraciones. Respira hondo el aire limpio y balsámico y se siente vivo, pletórico... Los niños que juegan con la nieve ignoran su presencia.
En la casa están velando ya su cadáver.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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