El pinchazo

No lo podía creer. Me advirtieron que en la primavera podría recaer en mi depresión. Pero recaí en verano, volví a hacerlo en otoño y ahora, otra vez, en invierno. Cuando el gélido frío, jaleado por una puta humedad, me resquebraja la osamenta, siento que solo quedará de mí un amasijo de huesos y carne, fútil homenaje a las víctimas de la inclemencia que nos azota.
Pero mi depresión no remite, aun es mayor. No salgo a la calle, me da pánico la calle, que una “terrible” noticia me abrume, que una multa me acojone.
Hoy tuve que salir, no tengo hambre. Si no como seré un depresivo muerto, eso me deprimirá más. Volvía a casa, sin comprar nada, me molestaba todo en el “súper”. Vi mi coche y una rueda pinchada. Aquello era el fin del mundo, tendría que cambiarla, no tengo fuerzas, ni recuerdo si sabría hacerlo. Un desastre sin paliativos, antes de llorar en la calle corrí a casa. Necesitaba refugio, desaparecer, envolverme en mi manta, diluirme en el sofá. Lloré, chillé, tenía miedo, impotencia ante la vida. Aquel pinchazo era algo que me sumió en la desesperación.
Al llegar mi mujer estaba bajo la manta, mirando fijo en nada, rígido, en un estado mental catatónico.
Desde entonces me internaron en un psiquiátrico. Encontré un lugar, en lo más recóndito de la mente, donde estar a salvo del mundo. Donde no esperar más inviernos, donde escaparme de un mundo en que no puedo vivir… en un lugar del que no quiero volver.

Autor

Nombre: FRANCISCO JUAN BARATA BAUSACH

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1 comentario
  1. Bien narrado Francisco. Un simple pinchazo constituye el desencadenante del cúmulo de sinsentidos. Suerte.

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