El placer de no existir

Yo no existo. Es decir, estoy viva pero existo de una forma inusual. Floto en el aire y vuelo en el éter de la vida sin que nadie me detenga. Vivo el auténtico placer de ser libre, ese que se experimenta cuando ya nada nos importa un rábano.

Ocurre así desde que me retiré del mundo material, aunque no era esa mi intención. El hombre que decía amarme se fue con otra sin avisar. Ese día comprendí que allí donde termina el amor comienza la mentira. Luego, en mi empleo me echaron a la calle. Mis amigas ya no quisieron saber de mí porque sin dinero no podía seguir su ritmo de gastos y diversiones. Tampoco pude continuar ocupando la casa que habitaba por no poder pagarla.

Ahora puedo ver que allí donde comenzamos a vivir de ilusiones y promesas, terminamos por morir de desengaños.

Por ello, dejé de existir en este mundo, me ignoran porque luzco fea y despeinada, huelo mal y sólo harapos cubren mi cuerpo, y he llegado a comprender que es imposible apartarnos de este mundo sin el consentimiento silencioso y cómplice de la gente que alguna vez nos amó y acompañó.

Pero finalmente soy libre para navegar con mi mente sobre las nubes y mecerme en los arreboles que dibuja el cielo de la tarde mientras camino descalza por las calles, hundo mis pies en charcos y nadie se opone; dicen que estoy loca, y es verdad.

Es, pues, el momento cumbre de mi no existencia, ya no hay dolor, sólo libertad pura y plena. No hay mayor placer.

Autor

Nombre: Lisandro Reholón

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