El ritual

Me encanta diluir el azúcar en el café. Un proceso automático que me gusta adornar con cada uno de los malos pensamientos que me impidieron descansar durante la noche anterior a mi ceremonia mañanera. Pienso en que, con cada cucharada, los granos de azúcar van atrapando cada uno de los pesares que me atormentan, para terminar por desaparecer hundidos en la infusión hasta poderlos olvidar. Eso genera en mí una extraña y efímera satisfacción que se repite cada mañana. Día a día.
Quizás debería olvidar sobre la mesa la siguiente taza. No dejo de darle vueltas a la idea de que, sorbo a sorbo, vuelvo a tragarme cada uno de los granos diluidos. Puede que, a partir de entonces, consiga dormir toda la noche sin darle tantas vueltas a la cabeza con la idea de preparar mi siguiente taza de café.

Autor

Nombre: David Santana García

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