El rostro

La primera vez que vi aquel rostro fue entre las penumbras del túnel del metro. Aquel semblante, apenas entrevisto durante unos pocos minutos en la negra pared, me produjo un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Parecía intentar salir de ella con una espantosa mueca de satisfacción. Sus rasgos eran apenas perceptibles, como los de una escultura a medio hacer, pero aun así, era un rostro humano, y me produjo una sensación de extraña familiaridad.
Escruté el vagón intentando encontrar sin éxito una mirada de complicidad, de alguien que también lo hubiera visto. ¿Es que nadie se había dado cuenta?
No le di importancia y achaqué mi debilidad de espíritu a la extraña y desasosegante noche que había pasado, poblada de pesadillas e insomnio.

Durante aquella funesta semana creí que me iba a volver loco. La imagen me perseguía allí donde fuera. La observaba al girar la esquina de mi casa, surgiendo de un edificio abandonado, incluso en los pasillos de la estación.
Mi médico me llamó esta mañana. La última vez que vi el rostro fue en el espejo de mi habitación. Lo miré a los ojos y supe, por fin, quién era.

Autor

Nombre: Jose Samsundar Sarriegui

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