El sonido del invierno

Decidieron quedarse unos días en la casa del pueblo. Tras mudarse, pasaban cada vez menos tiempo allí, sobre todo en esta época del año. La casa estaba helada y húmeda, las calles desiertas y grises. Solo el sonido de las motosierras que llegaba, como de otra esfera, desde todos los puntos y chocaba y refractaba contra las paredes de piedra, eliminaba la sensación de que se trataba de un pueblo fantasma. Apenas ese burruuuummm áspero entre la niebla y los restos de escarcha y ese ruido sordo de un pedazo de madera al caer indicaban la vida.
Poca gente resistía un invierno en aquel lugar. El panadero entraba por la calle principal, pitando sin cesar, cada dos días. El mismo anuncio al que recurría el frutero los martes. El carnicero lo hacía los jueves y el camión frigorífico de los congelados, semana sí semana no. Cierto que ahora no era tan necesario.
Unos catorce valientes sumaban los vecinos de la pedanía. Esos que no sabrían qué hacer en otro lugar. Los fines de semana se alegraban con las visitas de familiares que ya vivían en la ciudad.
La cocina, de carbón, proporcionaba la primera sensación de calor por las mañanas. Allí apoyábamos la espalda hasta que la barra de metal, ardiente, traspasaba nuestra ropa y mientras esperábamos a que las castañas tiñeran la cáscara de un color negruzco. Ya estaban listas.

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Nombre: Beatriz

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