El último viaje

Nada más desembarcar suspiró aliviado y besó una imagen del Cristo de Medinaceli que siempre llevaba consigo. Fue una azarosa travesía llena de quebrantos y desórdenes intestinales por su poca costumbre de navegar por la mar océana. Su tez, de natural blanca, presentaba una palidez cadavérica. Uno de los hidalgos locales del comité de bienvenida le dijo al verle tan demudado: - id a la taberna del manco, allí podréis componer cuerpo y espíritu para el camino. El manco resultó ser un cocinero estrella, un artista de los fogones, que le preparó un menú degustación con lo mejor de la nueva cocina montañesa. El vino corría con generosidad, se sintió mejor y alabó la discreción de los mozos del servicio. El procurador quiso enseñarle la playa, maravillóse mucho al verla y creyó que, sin duda, era obra divina. Para sorpresa de todos el emperador Carlos V se quitó zapatos y calzas, anduvo por la orilla y chapoteó en el agua, olvidando la gravedad que a varón conviene. Al día siguiente partió hacia Yuste, fue su último viaje. Sus médicos nunca entendieron como su gota y su melancolía sanaron con un baño en la playa La Salvé de Laredo.

Autor

Nombre: Lucas Romano

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2 comentarios
  1. Me encanta Lucas. Gracias por compartir

  2. Me pareció muy bueno
    Felicitaciones !!!!!

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