En el viejo puerto de Marsella

Hasta mis muslos resienten su ausencia. Cada penetración es como un constante recordatorio de todas esas veces que anhelé nuevamente tenerlo así, dentro de mí; tocar su cabello, saborear su sudor, besarlo y acariciarlo. No voy a cerrar los ojos: quiero contemplar cómo su cuerpo se restriega contra el mío, un cuerpo que inevitablemente ha cambiado en los catorce años que dejamos de vernos. Tiene tantas cicatrices, que se me eriza el cuerpo de tan sólo imaginar qué pudo haberle pasado. Rozo mi dedo contra una de ellas esperando hacerlo reaccionar pero es inmune al dolor.

Sus ojos también cambiaron pero, hacemos el amor así, fusionando miradas invadidas de desconsuelo que tienen tanto qué decirse, pero tan pocas ganas de hacerlo. Me distrae el pensamiento cuando muerde uno de mis pezones; es un dolor que me agrada. No importa tener a alguien esperándome en casa, en este momento soy suya como siempre lo he sido. Espero que él lo sepa. Nos separaron tan rápido cuando éramos jóvenes, que no estoy segura de habérselo dicho una última vez.

Se corta nuestra respiración.

No me molesta no haberme estremecido; oír cómo gime y sentir su mano apretar con fuerza mi pecho, es casi como si lo hubiera hecho. Su cuerpo pesado se deja caer en el mío y busca casi con desesperación mis labios que, pausadamente, besan cada espacio de su frente.

Después de un rato, se levanta y me mira fijamente con lo que creo es una ligera sonrisa. Estoy tan nerviosa que sólo puedo decirle:

-Te extrañé.

Autor

Nombre: Mónica Castro Lara

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