En la orilla

Me pregunto si pienso sobre la realidad de la muerte. Urdo inconscientes estrategias para sacudirme el pensamiento sobre las formas de existencia, la vida y la muerte. Miro alrededor, y ahí los veo. Al igual que me veo a mí mismo, nadando en el bullicio de los días. La desesperación se fortalece por obligarme a estar a solas conmigo mismo. Más allá de lo que permite mi primitivo animal social. En otras ocasiones, riendo y bebiendo, en realidad sin apetencia alguna. Se trata pues de no dejar la mente en blanco, desocupada, no preguntarme para qué estoy aquí, quién soy en realidad, por qué tantos actos inconscientes, que me hielan la sonrisa. La mente y los sentidos deben siempre estar entretenidos para no pensar a fondo. Entendí bien lo que decían los clásicos, los griegos, que el mayor problema del hombre es tener la cabeza desocupada. Y por qué no, me repito una y otra vez. Pensaba, pienso, que se trata de dar espacio y recorrido a conocerme. La soledad que repudiamos es el padecer miedo a conocernos. Acudo con asiduidad al placer, al viaje, al alcohol, y sobre todo al sexo, para no pensar, salpicado por el frenético correr de las horas. ¡Qué pocos propicios momentos para intimar con la contemplación! Todo va a cambiar rápido.

El escribir el relato ahonda en lo que soy, lo vivido, saber de mí. Cuántos comportamientos repetidos, la reproducción de los errores del pasado, quizá sea porque me siento seguro en mis errores ¡Qué paradójico verdad!

Autor

Nombre: Jorge S. Arroyo

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