Enfriamiento parcial

Mi niña soñaba casi a diario con un invierno nevado. Nada más asomar diciembre por el calendario se enrollaba al cuello su bufanda a rayas de Wally y se precipitaba por las dunas con su pequeña tabla de surf simulando un trineo repleto de regalos. La semana de vacaciones levantaba muñecos de nieve de arena y dibujaba enormes sonrisas de conchas que quedaban medio ocultas bajo grotescas narices de plátano. A los once años ya había perdido casi la inocencia, y yo la esperanza de regalarle un invierno que no me podía permitir. Una noche sofocante de septiembre salí a pasear mis pensamientos por la playa, y escuché un rumor creciente junto al faro: un grupo de sirenas deprimidas debatían angustiadas ante la perspectiva de orillas desprovistas de marineros por efecto del insaciable turismo. Hablamos brevemente, y sellamos un pacto de sal y luna, y enseguida comenzaron a ensayar su nuevo canto. A finales de otoño me concedieron el crédito y fui al pueblo a recoger el primer catamarán de la flota, y también compramos jerséis de rayas a juego. En diciembre instalamos un moderno sistema de calefacción, que pusimos en marcha la mañana de Nochebuena, mientras mi hija rebuscaba emocionada en la bolsa de la compra y yo le advertía que no saliera sin guantes de casa.

Autor

Nombre: Miguel

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