Esperando la nieve

Francisca se levanta con el primer rayo de sol y sale de la cama corriendo. Descorre la cortina de un tirón y mira por la ventana con avidez.
Es invierno, pero de nuevo, hoy no nieva. Decepcionada, Francisca agacha la cabeza y suspira. Vuelve a mirar al cielo, intentando que se encapote a fuerza de fruncir el ceño. El esfuerzo es inútil; sigue empeñado en estar azul.
Juan le prometió que volvería un día de nieve. Según llegara, le dijo, se tirarían juntos por los montículos nevados, harían muñecos de nieve y una tremenda guerra de bolas frías y húmedas, hasta acabar completamente empapados. Al recordarlo, Francisca corre al armario a comprobar que siguen allí, esperando, el abrigo, las botas y los guantes que compró para la ocasión. En el momento clave, nada puede fallar.
Cuando Juan se fue, la llamaban Francisquita; ahora es doña Francisca, y cada vez que se imagina juntando nieve y lanzándola despreocupada, ríe y se avergüenza a partes iguales. Mientras recuerda y sueña, aparta el abrigo para sacar un vestido de tirantes, se viste y sale a pasear bajo el sol del Trópico.

Autor

Nombre: Esther G. Babin

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2 comentarios
  1. Bien contado Esther aunque no aclaras el destino de Juan.

    • Muchas gracias Antonio, efectivamente todo lo que sabemos de Juan es que le dijo que volvería por ella cuando hubiera nieve… en un país tropical.

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