Extrañado, extrañando

El silencio poco a poco invadía el lugar. El barrio, tan concurrido de día, de noche se transformaba. Solamente alguna hoja llevada por una ventisca suave iba de acá para allá. Los clics de las luces de los semáforos al cambiar interrumpían aquella escena. La luna como testigo inmensamente blanca, a lo alto.
Pero algunas veces, y sabrá Dios por qué eran esas noches, un galope seguro, casi épico, heroico se dejaba escuchar. A través de la avenida, de inicio a fin, como disfrutando de la libertad. Relinchos acompañaban a esa sombra que se vislumbraba desde lejos, explorando, buscando, extrañado o extrañando algo que ya no estaba.
Con absurda coincidencia, esas noches también se borraba la hermosa pintura hecha sobre el muro de la escuela del barrio. Todos los que por allí pasaban, en algún momento, habían hecho un comentario sobre ella. Aunque los dibujos no estaban hechos con el mejor de los realismos, impresionaban las miradas de los personajes, casi como dando la oportunidad de ser testigos y a la vez partícipes de ese instante. Esas mismas noches los colores desaparecían dejando al descubierto los ladrillos grises que tenía el inicio de la historia.
Ese paredón donde el Ayuntamiento había decidido pintar la figura del fundador de la ciudad, muerto en batalla hacía ya muchos años. La figura de ese hombre con su fiel compañero, un alazán cabrío que aún lo seguía buscando.

Autor

Nombre: Silvina Domínguez

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