Falsas apariencias

Sonrío. He aprendido a acompañar la sonrisa de los labios con la de mis ojos para no delatarme y no lo hago mal. A mi alrededor, quienes me conocen se muestran aliviados al observarme serena, para ellos sería un inconveniente percibir mi desdicha. «Se ha recuperado muy pronto», piensan, parece que los estoy oyendo, con esa mezcla de alivio y reproche a la vez. Hace un tiempo sospechaban que podría hacer cualquier barbaridad para aligerar mi dolor, ahora se asombran de que mi angustia se haya disipado. He leído en algún sitio que la depresión sonriente es la más peligrosa, pues al afectado le cuesta mucho pedir ayuda y nadie se la va a ofrecer. Pero es que yo no necesito ayuda, solo quiero que me devuelvan a esa hija que nació muerta. Solo por un instante, necesito tenerla en brazos, memorizar su rostro y ponerle un nombre, poder despedirme de ella para guardarla en mi memoria. Aquel médico me la arrebató sin ofrecerme ese consuelo, negando el llanto de mi pequeña, aunque yo la escuché llorar y hoy nadie me crea.

Autor

Nombre: Eva Castro Outeiriño

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