Flores de olivo

Siempre a la misma hora y bajo la sombra de aquel olivo milenario como testigo. Ese que nos cobijaba y guardaba nuestro secreto, ese que extendía su copa, nos abrazaba y actuaba como cómplice de sus amantes. Ellos, le susurraban y mostraban sus intimidades a aquel imponente arbusto, éste, escuchaba e iluminaba su pasión vespertina ante tanto jolgorio, todo, bajo aquel imponente paraguas verde lleno de vida.
Hablábamos del futuro: nuestros hijos, nuestra cabaña, sus ansias por ir a aquella guerra despiadada, nuestra vejez enamorados como el primer día; demasiada ingenuidad e inocencia entre dos olivos entrelazados. Al atardecer, nos dábamos el último beso del día, entonces, en cuclillas, veías como descendía la colina y llegaba a casa. Por la noche, hablaba contigo, inventaba historias para poder verte al día siguiente y evitar tu inminente marcha para cumplir tu sueño de miliciano y luchar por la justicia.
Él, jornalero, impulsivo y soñador. Yo, poderosa, enamorada y realista. Sabía lo que significaba jugar a ser soldado y conocía los riesgos de nuestro amor. Un caluroso dieciocho de agosto, partió rumbo a la trinchera, despedí a mi capitán debajo de nuestro olivo, con los honores que se merecía, sabía que no volvería a verlo, lo presentía. Un diez de mayo, regresó; lo recibieron millones de flores de olivo. Yace a la sombra de nuestro olivo milenario, donde él quería. Yo y nuestro hijo, lo visitamos todos los días diez de cada mes. Hasta siempre, soldado de madera de olivo.

Autor

Nombre: Miguel Casado Molina

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