Génesis

Llanto. Oscuridad. Gritos interminables. Dolor desgarrador. El denso olor a sangre que llenaba la estancia mientras ella se deshacía en un mar de lágrimas y angustia. Su vista se apagaba, el aire se agotaba, las fuerzas se le escapaban lentamente…Y de repente, un chillido ensordecedor. Ahí estaba él. Era más pequeño de lo que había imaginado. La criatura poderosa a la que habría de dar a luz no era aquella que tenía frente a sus ojos. Cuando lo pusieron encima de su pecho, no reconocía en él al niño cuyo nombre se encargaría de engrandecer en el futuro. Hasta que alzó la cabeza, y la miró, fijamente. Sus diminutos ojos, aún recubiertos de sangre y mucosa, la observaban muy atentos. Nunca nadie la había mirado así, ni habría de hacerlo nunca. Se quedó prendida en aquellos ojos oscuros y aún a medio abrir, que la observaban con tanta insistencia. Pidió que la dejaran sola, no cejó hasta que todo el mundo estuvo fuera de la habitación. Aquel momento era solo suyo, solo de los dos. Se recostó en la cama y apretó el cuerpecito del niño entre sus brazos. No era capaz de apartar la mirada de aquel rostro que le resultaba tan ajeno y tan propio al mismo tiempo. Miles de pensamientos pasaron por su cabeza, pero no dijo absolutamente nada. Semejante instante no podía estropearse con palabras. Aunque hubo algo que sí hizo, un juramento mudo: lo protegería, velaría por él, lo elevaría al lugar que le correspondía, más alto aún si era necesario. Una nueva vida, un nuevo comienzo.

Autor

Nombre: Guiomar Castro Rubio

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1 comentario
  1. Muy bien narrado ese parto. Ahí dejo mi voto.

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