Hasta que la muerte nos separe

- ¿Natillas? Caray, qué detalle por tu parte. Pásame la canela, anda; que te habrás quedado corta seguro.
Le planté el bote delante como si fuese a clavarlo en la mesa. Mano firme, mirada baja.
Le di la espalda, encendí el fuego y puse la cafetera encima.
Mi corazón latía deprisa, la sangre me bombeaba en la sien izquierda, como en golpes acompasados al ritmo del agua ascendiendo por el filtro.
Me senté y empecé a comer mi natilla con fruición. Pensé que el azúcar calmaría la ansiedad que me invadía en ese momento.
Andrés no dejaba de mirarme y sin saber por qué sentí que me daba absolutamente igual. Saboreaba cada cucharada como si le fuese la vida en ello. La vida…
El prospecto indicaba que aquella dosis de sedante era letal en cuestión de minutos. Me condenarían, pero al menos en la cárcel sería libre.
Las piernas me pesaban, en las manos un hormigueo me obligó a dejar la cuchara. Los párpados se rendían al… ¿sueño?
Apartó el bol vacío a un lado y se cruzó de brazos. Yo puse uno de los míos a modo de almohada y refugié mi cabeza sobre él.
Alcé una mirada cargada de extrañeza y me encontré con unos labios apretados que me dedicaron una grotesca mueca.
Embriagada por una serenidad total, saqué fuerzas de donde ya no las tenía para piropearlo por última vez.
- Cabrón malnacido…
- Adiós, Esther. Toda tu vida has sido una cobarde, pero he de reconocer que esta vez le has echado huevos.

Autor

Nombre: Lara Cores Gondar

85

299
2 comentarios
  1. Muy bueno. Cuenta con mi voto.

    • Me alegro de que te haya gustado, Antonio. Muchas gracias 😉

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies