Hijos de la violencia

El tiempo pasaba lentamente, como el de un reo acusado de muerte a quien horrorizaba su destino mientras se acercaba a un fatídico final. Mi vida había sido la de un hombre triunfador con un futuro halagüeño. Sin embargo, todo se había desvanecido en un instante, cuando la descerebrada de mi mujer decidió que todo había terminado, que nunca más volvería a maltratarla. Por eso se arrojó por la ventana. Por las noches, cuando los recuerdos acudían hasta mi conciencia convertidos en chacales, porfiaba por ahuyentarlos lucubrando sobre los motivos por los que me había convertido en un monstruo. Ahondando en el tiempo se me apareció el maldito instante en el que comenzó mi condena. No había cumplido los catorce cuando empujé a mi madre la madrugada de un sábado en la que llegué borracho a casa. Fue tan violento que cayó al suelo y se golpeó contra la pared, causándole una profunda brecha en la cabeza.
No había ser más depravado que el que agredía a quienes le amaban. No fui yo quien lo hizo, sino el malvado diablo que anidaba en mí y que se manifestaba de forma virulenta cuando la vida me negaba sus favores. Quizás, por ese pavor que me provocaron sus gritos de dolor, sentí despertarme del letargo en el que me hallaba sumido. Me arrodillé junto a ella. Su rostro, el manantial por donde fluían los regueros carmesíes de mi violencia gratuita. Ese recuerdo me perseguiría el resto de mi vida como la primigenia manifestación del mal que me aquejaba.

Autor

Nombre: ANDRES ALONSO CASTILLO

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