Hogares

Su copa de balón, solitaria, escorada en una esquina, como su alma, presidía la única mesa de la terraza. Desde que enviudó, Manuel pasaba más horas en Ca Ramiro que en su desolado hogar. El piso me entristece mucho sin mamá, se excusaba su hija, privándolo, a menudo, de sus nietos, de esperanza.
Aquella sobremesa, pese a los caprichos del calendario, no era una más al calor del bar sin el cual, según le había reconoció a Ramiro alguna vez, se habría ahorcado ya. Manuel cumplía 75 años y lo único que endulzaba la celebración era su propio brandy. El de Montilla-Moriles, el que mimaba en su barrilito de roble americano.
Sin su calidez acariciándole el cielo de su boca, el desamparo sería absoluto. Aquel lunes otoñal las otras mesas de la terraza estaban apiladas detrás de él, aseguradas con una larga cadena de eslabones, y de la puerta de Ca Ramiro colgaba el cartel plastificado de Fiesta Semanal.

Autor

Nombre: Antonio Salido Contreras

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2 comentarios
  1. Muy buen relato. Diría que magníficamente escrito y espero que se valore como se merece.

  2. 👋👋👋😍

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