Huevos y canela

Fue mi mentor, y le superé. Nunca quise hacerlo, nunca quise herirlo, pero él mismo se delató escribiendo aquel artículo, destrozándome como solo quien te conoce bien puede hacerlo. Yo era muy joven, aún lo soy, y eso le molestaba. No soportaba la idea de saber que pronto sería mejor que él.
Algunas de las palabras que escribió resonaban en mi cabeza. Las escribía exactamente igual que cuando las vomitaba años atrás, cada atisbo de envidia latente, cada comparación malintencionada. Los adjetivos son como la canela, decía: Solo los malos reposteros ponen mucha cantidad, para encubrir los defectos en sus tartas, porque… a todo el mundo le encanta la canela.
¡No sobrestimes el final!, gritaba. Un final sorprendente no hace un relato bueno.
En eso le doy la razón, pero… a todo el mundo le encanta la canela.
Realmente me ayudaba a escribir mejor, pero siempre reforzando la idea de que nunca llegaría a nada. Fue un buen periodista, pero una mala persona.
Sin adjetivos, repetía. Cuando seas padre, comerás huevos.
Esto sólo lo entendí años más tarde, cuando conocí el significado de aquel polvoriento refrán. Para entonces, ya lo había matado.

Autor

Nombre: Gustavo Barrios Muñoz

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