Humo

El francotirador, apostado en una azotea, ajustó bien la mira a fin de que la visión no le resultase tan borrosa. El humo de las cachimbas inundaba el local y se pegaba al escaparate, por lo que acertar el disparo le iba a suponer un esfuerzo. Su dedo índice jugueteaba con el gatillo, su rostro se apretaba contra la culata. El mafioso fumaba y fumaba, y, cada vez que expulsaba el humo por la boca su cabeza quedaba oculta. ¿Quién le mandaría a él escoger ese momento para cumplir su cometido? El francotirador desesperaba. Súbitamente, una hermosa mujer, vestido corto y fino, tacones de aguja, fue a sentarse junto al mafioso. Algo le dijo al oído. Sí. Sin duda una propuesta generosa. El mafioso se incorporó del puff, la tomó por los brazos, la alzó y acarició sus caderas. Por encima del humo, el francotirador tuvo un blanco perfecto. Ya. El beso. El disparo silenciado hizo vibrar el aire. El escaparate cayó hecho pedazos. La bala atravesó la cabeza. El mafioso quedó tendido. La mujer cayó sobre él. La sangre pendió de un ojo.

Autor

Nombre: Salvador Cortés Cortés

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