Incomodidades

El asesino se entregó voluntariamente, aceptó todos los cargos que se le imputaban. Aceptó incluso asesinatos que no pudo haber cometido. Lucía muy fatigado. Ya en la celda, se le preguntó acerca de su decisión de entregarse. Argumentó que las cabezas que tenía escondidas bajo la cama jamás se callaban: cuchicheaban entre ellas, reían, lloraban, gritaban, discutían de política y siempre terminaban increpándose, criticaban la decoración de la habitación, e incluso cantaban el himno nacional, siempre a media noche. Fue sentenciado a muerte y agradeció el veredicto con una sinceridad que conmovía. Al retirar su cadáver del paredón, tenía un semblante de paz, similar al de un niño que duerme tranquilamente.

Autor

Nombre: Alejandro Barrón

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