La caída del rayo

Esa mañana desteñida, él salió a cazar rayos.
Vio asomarse ese temblor de barriga que no estaba en su barriga, sino en la del mundo. El aire pesado se metió por la ventana que la madre había abierta al salir; el aire gritaba «¡Centellas!»
Esa mañana de viento inexpresivo, él salió a cazar rayos.
Él estaba entre sus juguetes, que ya lo aburrían, como la casa sola. El silbido cruzó el cielo y el temblor volvió a ocupar el planeta. Llegó hasta él.
«Miedo» no era el nombre del malestar que lo aquejaba. Tampoco «Pánico» era su apellido ni mucho menos «Pavor» el sobrenombre que le habían puesto sus compañeros de segundo grado. No era miedo lo que estaba por llover, aunque el miedo es líquido y así se esparce. Lo que él sentía era sólido y pesado. El hambre de mundo es sólido y pesado.
Y esa mañana de él y las sierras, salió a cazar rayos.
Siguiendo aquel relato de su abuelo salió con una canasta de mimbre, porque no tenía red para mariposas.
¿Pero qué probaría con un rayo metido dentro de una canasta? La curiosidad tenía esos extraños momentitos de lucidez que se van en un destello. La madre le había dicho que se quedara jugando mientras ella bajaba al pueblo a hacer las compras, que no saliera.
Él quería el rayo, no su ruido ni sus estertores; porque así le estaría quitando algo al planeta para guardarlo en esa casa donde siempre estaba y podría esperar a que el universo fuera a pedírselo de vuelta
Y allí, llegando a la orilla del peñasco, olió la centella que partía el mundo.

Autor

Nombre: Lucas Gagliardi

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