La Calle del Barro

Como cada año, durante la época de los ciclos helados, la anciana salía de su casa y descendía por una corta travesía hasta la calle del Barro, antiguo camino de mercaderes, arteria de comerciantes y avituallamiento de vecinos, convertida ahora en eje principal de la región por conectar a esta con la nueva autopista. La pequeña mujer, ataviada en ásperas prendas de tonos negruzcos, serpenteaba con seguridad los deformados baches del camino mientras dejaba atrás diferentes callejas, por las que asomaban desiguales trozos de piedra que parecían flotar en el aire neblinoso de la mañana. Rostros silenciosos, arropados por un manto fino de escarcha que ya desaparecía, centelleaban discontinuos como si se revelaran desde sus ventanas al paso de la anciana. Antes de llegar a la espesura de cipreses que ocultaba la travesía y elevaba un horizonte de asfalto y chapa, la mujer se detuvo frente a una losa horizontal hábilmente tallada pero erosionada por el paso del tiempo. Sobre el monolito se levantaba un pequeño arco marmóreo que acogía una imagen en relieve y una inscripción. Ella sacó un pañuelo blanco de su bolsillo interior y secó con delicadeza la instantánea de un hombre joven. Luego fue arrancando las malas hierbas que rodeaban la piedra.
Media hora más tarde cientos de máquinas cruzaban la autopista. La niebla comenzaba a evaporarse. Panteones, cruces de granito y fotografías petrificadas componían la calle del Barro. La anciana guardo su pañuelo y regresó a casa.

Autor

Nombre: Manuel Olmedo Redondo

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