La campana

Desde la plaza se oía el tañido lejano de la campana de la ermita. No había campanero, ni sacristán, ni siquiera cura. Un mecanismo automatizado se encargaba de que diese las horas. Capricho de un antiguo alcalde.
Cuatro o cinco viejos se sentaban en el poyo de lo que antaño fue el Ayuntamiento, cara al sol, como lagartijas absorbiendo la energía que la estrella proporcionaba generosamente. Apoyadas las manos en sus bastones, con gesto resignado, apenas hablaban; conocían las vidas de los demás igual de bien que la propia, ¿qué iban a decirse? Allí nunca pasaba nada.
Después de comer volvían a reunirse en el bar de Cayo, que sólo permanecía abierto esos ratos y era el único que había en el pueblo. Cayo era tan viejo como ellos y abría su local por costumbre, por no aburrirse. La partida de cartas, algún café, descafeinado no vaya a ser que tuvieran algún susto, o un carajillo para los más atrevidos, quizás una copita de anís después si la velada se prolongaba.
Cuando en la campana de la ermita sonaban las seis retornaban a casa, con sus mujeres. Cenaban y se aposentaban junto a la lumbre –en el pueblo, aunque sea primavera, hace frío–, frente a la televisión. Apenas intercambiaban unas frases; han gastado las palabras de tanto tiempo juntos. Son las miradas las que las sustituyen. Las primeras cabezadas anuncian la retirada. Mañana será otro día.

Autor

Nombre: José M. Fernández

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