La caza

El pájaro sucumbió al disparo certero del cazador. Cayó embotado por su propia sangre sobre el pico de un risco que sajó su vientre. El perro olió la sangre y las vísceras y correteó con la cola levantada entre las trochas, encarrilando por unas matas, hasta la peña donde el pájaro yacía desventrado. Lo tomó entre sus fauces, sin apretar, dócil y suave como le habían enseñado; la carrera feliz con la sangre goteando sobre la tierra pardusca hasta dejar el pájaro a los pies del amo.
El cazador miró el destrozo y masculló una blasfemia que el perro entendió por su violencia. Después pensó, no supo por qué, en la muerte, y volvió a mirar los restos del pájaro mientras con la mano derecha acariciaba los lomos del perro. Después de treinta años de seguir rastros pensó en Dios y esto, sumado al pensamiento anterior, le produjo un estremecimiento que lo dejó flojo, con las piernas demadejadas que se derramaron sobre un esparto húmedo de niebla.
Miró al perro que también se había sentado sobre sus cuartos traseros y tomó la escopeta a la que todavía le quedaba un cartucho. Cuando asentó la culata sobre la tierra supo ya lo que iba a hacer. Metió los cañones fríos en la boca y mordió fuerte el metal. Después sonó el disparo hondo en la mañana.
El perro, espantado, reculó unos metros. Después se acercó y olisqueó la pieza. Sus fauces se abrieron para arrastrar al pájaro, pero era demasiado grande para moverlo, así que empezó a comer por las partes más blandas.

Autor

Nombre: Francisco Linares Valcárcel

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