La Dama del Ocaso

Siempre le gustó venir aquí. Desde la terraza del alto edificio, se domina casi toda la ciudad; hoy Madrid languidece bajo los tonos pálidos del melancólico atardecer. La anciana actriz ya no recibe roles de trabajo, sus hermosos ojos reflejan la belleza de otros tiempos. Nunca pudo tener hijos, pero siempre vivió a plenitud. Siempre odió el Invierno porque era el único que no le permitía disfrutar de estas magnificas y solitarias tardes. Sin embargo, en los últimos años había aprendido a convivir con él, soportando con obstinado empeño, la nieve y la ventisca, hasta el punto de establecer una relación en la que había ido aprendiendo a hablar con su enemigo y hacer planes para el año siguiente y esperarlo para echarle en cara que no sería él, quien la vería morder el polvo. Nunca pudo admitir que en todo esto, había un infinito acto de amor. El otoño se resiste. Todos los sábados por la tarde deja su lujoso apartamento, sube las escaleras, coloca el mantel escarlata sobre la mesita y se sienta con su soledad y un buen vino de Jerez.
–¿Así que esto era la felicidad? – solía decirse, bajo la fascinación del dulce y almendrado aroma del ambarino licor. La suave brisa arrastra fulgores de sol, aromas de tierra, olor a madera, que transporta sus envejecidos pensamientos a esos días de pasadas glorias. Esa noche, la muerte la halló sentada a la oscuridad de su eterno enemigo que llegaba con obstinada puntualidad.

Autor

Nombre: Gustavo Quiñónez

0

7

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies