La danza

Atardecer. El brillo rojizo del sol forma un telar de líneas en el suelo. No es una serie continua. Se interrumpe. Luz. Oscuridad. Las dos forman un efímero tatuaje en tus pies mientras andas. Notas esa brisa cálida que deja respirar todos los poros de tu piel y les insufla vida, algo suave, dulce, sensual. No sabes dónde estás pero sí dónde vas. Respiras. Abres la puerta. La vista te sobrecoge. El brillo rojizo del pasillo se transforma en una potente luz purpúrea mezclada con trazos amarillos, naranjas, negros. Alzas la vista. Las livianas cortinas rozan su silueta grande, imponente. Está de pie, inmóvil. Sabes que aún respira porque los tatuajes de su espalda se dilatan mientras sus hombros se estiran y se contraen. Bebes con los ojos todo lo que te rodea. Caminas. El suelo parece ansioso por recibir tus pisadas. No hay prisa, esta vez no. Te colocas frente a su espalda, tan cerca que tu respiración roza su piel. Alzas los brazos, sin miedo, y posas tus manos sobre sus hombros. Comienza la danza. Tus dedos se mueven solos, guiados por una fuerza que no comprenden. Dibujas las curvas de su espalda. Cruzas otra línea. Tu cuerpo contra el suyo. Tus manos se agarran a sus brazos mientras en tu interior algo estalla. Te barre, te quema, arrasa con todo. Te quedas frente a él, mirándole a los ojos. Ni una sola palabra, ni siquiera un suspiro. Luz. Oscuridad. Astro decadente. Fuego imparable. Tu cuerpo se alza, el telón cae. Comienza la obra.

Autor

Nombre: Guiomar Castro Rubio

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