La derrota

Hacía un frío espantoso. Tenía la sensación de que, desde que acabó la guerra, los inviernos eran más fríos y los veranos se disfrazaban de otoños. Pero lo más grave no eran las temperaturas bajo cero, ni las calles heladas, ni el viento que cortaba el rostro como si fuese la cuchilla de un barbero; no, lo más duro era el hambre.
A veces encontraba un hueco para dormir bajo la escalera de algún edificio semiderruido o en el portal abierto de alguna casa deshabitada cuyos habitantes, probablemente, estén muertos y solo sean fantasmas que cuidan su hogar de intrusos como yo. Los crujidos que escucho y el ulular del viento apenas si me dejan dormir; las punzadas del hambre me despiertan, puntuales, recordándome que no he comido nada, que el frío me corroe hasta los huesos. A veces oigo a las patrullas de los nacionales recorrer las oscuras calles en busca de rojos como yo. Son perseverantes, aunque no caen en que nos morimos solos, sin su ayuda.
Entre algunos cartones y periódicos apenas si logro contener el frío. Clarea ya; el sol quiere ayudar. Ya veremos. He capturado una rata y debo encender un fuego; a estas horas no llamará la atención. Me oculto tras una montaña de escombros y desayuno. Empiezo bien el día. ¡Qué inviernos tan largos, eternos, amenazadores! Estos, los de la posguerra, son los más duros que he vivido, más aún que los de la guerra, porque al frío, al miedo y al hambre se unen la amargura y la desesperanza.

Autor

Nombre: José M. Fernández Ros

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