La despedida

Le echaba tanto de menos que buscaba consuelo mientras miraba hacia el mar. Era como si regresara a esas tardes en las que le esperaba hambrienta de sus abrazos, de sus tiernos besos, de su olor a salitre.
Desde la ventana, miraba cómo el ocaso se comía la tarde. En el horizonte veía, pintada, la cara de mi amado; las montañas, su pelo negro, las barcas atracadas en el puerto… sus ojos, y el verde y salado mar. Sus lágrimas de emoción cuando me veía esperándole en la ventana. Le imaginaba, y no se apartaba del cerco de la ventana hasta bien entrada la oscuridad, no fuera a ser que se hubiese confundido el destino y no regresara.

Una madrugada, él partió en su pequeña barca. Era azul y tenía pintada dos rayas blancas como la espuma del mar, entremedias, mi nombre, Teresa. Desde la misma ventana le vi alejarse hasta convertirse en un punto insignificante entre las ondas del mar. Agité mi pañuelo y le grité: “hasta la noche”, sin saber que en sus vidas ya no habría más noches como la pasada.

A caer la tarde, dos guardias llamaron a la puerta. Aquella llamada impertinente, provocó que mi corazón diera un vuelco. Dudé en levantarme y abrir; dude de la noticia, de seguir viviendo o morir.

Vinieron días tremendamente oscuros y silenciosos. Si no hubiese sido por aquella patada en el interior de mi vientre, me hubiera marchado con él. Pero no podía irme, no podía romper la magia que llevaba en mis entrañas.

 

Autor

Nombre: Rosario Serra

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1 comentario
  1. Un final esperanzador para una vida desesperanzada. Buen trabajo de nuevo Rosario.

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