La infinita brevedad de la amistad

Éramos tres cometas volando con el viento de la pubertad, tres vértices de un triángulo de confidencias juveniles.
Vivíamos nuestro verano, el que te da la vida para luego recordarlo.
Corríamos por las calles, con el alma al aire, apurando el Sol.
Contábamos estrellas, hablábamos con la luna de nuestra eterna amistad.
Intercambiábamos sonrisas, nos pintábamos las miradas, la de ella azul, la tuya miel y la mía, la mía color chocolate.
Éramos felices y no lo sabíamos, compartimos tanto en tan poco tiempo. Ignorantes pensamos que viviríamos siempre en ese verano. Bañándonos de alegría, compartiendo vida, combinando colores, cantando y apurando la vida en pequeños sorbos, con sus burbujas.
Qué fresca la brisa que movía nuestros corazones intrépidos. Margaritas en el pelo, rosas en los labios y jazmines en el cuerpo.
Éramos amigas, hermanas y presente. Éramos amazonas que luchaban contra el tiempo, contra el invierno.
Arena caliente bajo nuestros pies, estrellas fugaces que cruzan el cielo.
Nos queríamos, nos necesitábamos, nos esperábamos.
Fuimos lluvia de verano y risas de primavera. Vivíamos alocadamente ese suspiro de vida, esa brevedad de la amistad.
No hay día que mi ser imperfecto, no las eche de menos, cierro los ojos y nos veo jóvenes, libres, felices con la inocencia a flor de piel.
Hoy cuando el otoño se ha instalado en mi vida, doy las gracias por esa infinita brevedad de la amistad, os extraño estrellas fugaces.

Autor

Nombre: María José García Sosa

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