La pausa de la colilla

El carmín fucsia le encharcaba los pulmones de tristeza. Era ponerse la boquilla entre sus labios y, en lugar de humo, se le escapaban lágrimas. Pablo no sabía fumar, jamás lo había probado, pero, pese al llanto, no perdonaba el paréntesis laboral del cigarrillo. Siendo precisos, su sagrada pausa de la colilla.
Cada jornada, aparcaba su carretilla a la altura del número 13 de la calle Cuesta. Apoyaba el cepillo en la fachada, se sentaba en el rebate y cogía de la acera los restos aún calientes de aquella punta. Jugueteaba haciéndola rodar con delicadeza de una comisura a la otra. Paladeaba días dorados, en aquel mismo barrio, ya evaporados. Regresaba a labios cálidos, que fueron tornándose ariscos y se perdieron sin razones, como siluetas esfumándose por una esquina mal iluminada en una madrugada difuminada por la niebla.
Las huellas sinuosas de los surcos de aquellos carnosos labios, estampados sobre el marrón esponjoso del filtro del pitillo, eran irresistibles para Pablo. Claudia, cuando regresaba del trabajo al alba, mantenía la fea costumbre de arrojar al suelo los restos de su cigarro. Justo delante de su portal.
Pablo saboreaba su pintalabios como cuando se besaban. Así volvía ahora a ella, deleitándose en las reminiscencias del carmín tatuado en aquella colilla. Meses después de la ruptura, Pablo seguía derritiéndose por ella en sus días polvorientos. Era barrendero, pero se sentía incapaz de zafarse de tanto desamor ni a golpe de escobón.

Autor

Nombre: Antonio Salido Contreras

1

41

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies