La pelota en la cornamenta

Regreso a casa después de un inspirador paseo por una margen del Guadiana y observo a unos niños que miran impotentes su pelota encaramada a la cornamenta de un árbol. Nadie, como suele ser habitual, se presta a sacar el balón apresado en el laberinto de ramas. La imagen, no exenta de cierta poética, detona mi habitual altruismo a pie de calle. Después de varios intentos y la mano ensangrentada, decido romper una de las ramitas para resolver el percance, temiendo que algún urbanita me acuse de maltrato ecológico. Mientras esto sucede, un grupo de curiosos se acerca a fisgonear sin mover un dedo.

– !Ya es una cuestión de amor propio!- le comento con épica a un hombre postrado en una silla de ruedas, que como un vikingo alentando a sus remeros, nos conmina con vehemencia a finalizar la operación. Al poco tiempo, se congregan más cotillas opinadores alrededor del árbol y una vecina bienintencionada, incrusta más aún la pelotita en el epicentro para terminar de complicar el entuerto.

– Vamos chaval, te subo a hombros e intentas sacarla. !Dále fuerte, hacia arriba! – le digo a uno de los niños.

– !Aquí viene un hombre grande! – dice esperanzada la mujer mirándome comparativamente de arriba a abajo.

El grandullón con una solvencia pasmosa libera la pelota de un manotazo que para la cara de nadie desearía. Todos aplauden al gigante y se marcha airoso, sacando pecho. Sin embargo, uno de los niños me sonríe y leo en sus ojos algo así: "mi héroe has sido tú".

Autor

Nombre: Pablo Bigeriego

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