La perspectiva viajera

Al aterrizar pudo confirmar sus sospechas iniciales. El aeropuerto era inmenso; un laberinto de grandes brazos de hormigón que parecían amamantar a un sinfín de aviones. Los policías aduaneros utilizaban tallas bastante más grandes que las suyas. Cargado con sus maletas que, comparativamente, parecían de juguete, salió de la terminal a través de una gran boca acristalaba. En el autobús le cedieron la plaza de los niños. Los elevadísimos rascacielos parecían batirse con un cielo tempestuoso; ni mirando con esfuerzo hacia arriba podía vislumbrar
su final. Las calles eran grandes; como sus pasos eran pequeños, no le daba tiempo a cruzarlas. Los coches, grandes; en ocasiones los taxistas no lo veían por el espejo retrovisor y cogían a otro cliente, creyendo que se había bajado. Los muebles, grandes; para bajar de la cama tenía que tirarse en caída libre. La comida, abundante hasta el hastío; cuando le sirvieron aquel café aguado dedujo que, si se lo llevaba, le podría durar varios días. Se paró a contemplar una amplia y larga avenida, llena de gente que caminaba frenéticamente, como hormigas hacendosas. Era seguro que allí había más gente que en todos los poblados que conocía juntos. No, Nueva York no estaba hecha para él, pensó. Gulliver sintió añoranza de Liliput y, a pesar de los pesares, quiso retornar a su libro.

Autor

Nombre: José M. Fernández

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