La tentación de Santo Tomás

El maligno realiza su hechizo moviendo su dedo atiplado como si fuera un pincel y, ante la mirada atónita del pintor que trabaja en La tentación de Santo Tomás, hace regresar a la ramera que antes expulsara el santo cuando vino a tentarlo. Entonces este cobra vida, se rinde a sus encantos, cae preso de un irrefrenable ardor carnal y se desprende, rijoso, de su hábito de novicio, entregándose desnudo a los mandatos del primero de los capitales pecados. Junto a él hay un ángel que, si antes estuvo pintado, ahora animado está. El ángel sonríe mórbido, se tornan negras y escamosas sus alas y participa lúbrico en la inesperada disipación. Todo eso lo ve el pintor como si visionase una creación fílmica, cosa inaudita en la época que nos ocupa, pues estamos en cualquier año del siglo dieciséis.
El demonio para llamar la atención del pintor araña con sus pezuñas la tarima de madera y rasca con sus cuernos caprinos el yeso del techo. El pintor se vuelve y huye despavorido ante tal horrenda visión, tropezando con un hachón que cae al suelo prendiendo en un cortinaje. El demonio ríe a carcajadas y se unge con las llamas que devoran al pintor. El taller se inflama, revientan las bombonas de trementina, arden los aceites y los barnices.
Al día siguiente el aprendiz del pintor encontrará, en el lugar donde antes estuvo el taller, un montón de ruinas cenicientas. Bajo el brazo llevará su copia del triunfo de Santo Tomás sobre la tentación. En el infierno el demonio enfurecerá.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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