La ventana sigue abierta

Aún late, palpitante, en mi pecho. Ignorante bombea la sangre por mis venas desembocando en un
pequeño sumidero. Son los últimos segundos de algo que apenas puede llamarse vida.

Mis labios, aún sonrientes, besan dulcemente el frío asfalto. Extraña mueca, sin duda, para quien la vea desde fuera. Pero desde aquí dentro, bueno, no sé muy bien ya desde dónde, todo está bañado en luz, quizás la de las farolas rompiendo la noche.

En medio de la calle reposa mi cuerpo plácidamente. Macabro testimonio de un vuelo fallido.

Las piernas desencajadas en una postura imposible, los brazos abiertos, mis sesos... nunca pensé que tendrían ese color tan rosáceo, tan limpio. Mi mente siempre estuvo un tanto nublada.

Si me preguntaran por qué salté, no tendría una respuesta clara para ofrecer.
Sólo puedo decir que, al caer, a través del vacío, el viento sacudía todo mi cuerpo.
Mi frente, mi cara, mis manos, mis piernas, mis brazos, mis alas.

Y mientras me deslizaba hacia el duro final, mirando alto a la Luna, creí volar.

Fui pájaro, y como ellos, fui libre.

La ventana sigue abierta, las cortinas la acarician juguetonas.

Nunca estuvo cerrada del todo.

Si me preguntaran por qué salté, diría que puede que fuera sólo por ese instante.

Por pequeño que fuera, era mío, más que nada. Y fue eterno.

Autor

Nombre: Rènard

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