La verdad universal

A los siete años cimentaba mi niñez en torno a una máxima; lo que mi madre me contara debía ser considerado como una verdad universal.
Con este axioma bajo el brazo, cuando me dijo que tuviera cuidado mascando chicle porque si me lo tragaba se acabaría pegando en las tripas y moriría, yo lo creí a pies juntillas.
Al día siguiente, me levanté con ganas de vivir al límite, así que decidí gastar mi paga en un montón de chicles "bazooka". Mi objetivo era crear el globo más grande de la historia y, tal vez, lograr elevarme unos cuantos centímetros del suelo.
Estuve un rato mascando y decidí que lo mejor para lograr mi propósito sería dar un gran salto e hinchar el globo al mismo tiempo. Cuando aterricé, me tragué aquella enorme bola de chicle.
Comprendí que mi destino estaba sellado pero como no quería molestar a nadie me senté en mi sillón favorito y me dispuse a esperar la muerte. Esperé, esperé y esperando me quedé dormido.
Cuando desperté, miré a mi alrededor y, al descubrir que seguía en casa, corrí a la cocina a abrazar a mi madre. Estaba tan contento de seguir vivo que no me importó que mi madre me hubiera engañado.
El lunes, jugando en el patio del colegio, los mayores me dijeron que los Reyes Magos no existían. Tampoco me importó. Mientras pudiera abrazar a mi madre, todo mi mundo seguiría estando en su sitio.

Autor

Nombre: Javi Valero

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1 comentario
  1. Este microrrelato es una verdad verdadera..

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