Lágrimas congeladas

Dando pasos apresurados sobre la nieve acumulada en la acera, soltando algún puntapié a los montones que hacían que una explosión blanca lo precediese, Braulio iba llegando al edificio de oficinas. "Me denunciará", se iba diciendo, "seguro que lo hará". Y es que media hora antes se había propasado con su secretaria: le había palpado el trasero y los pechos; ella lo había rechazado, y optó por huir de la violenta situación bajando al bar a por una copa de coñac. Dentro de su oficina, Marina ya no estaba. La calefacción estaba apagada, así como las luces. En la penumbra creada por el cielo gris bajo la ventana vio una nota manuscrita; la cogió y la leyó: "Braulio, han sido muchos los años que trabajé para ti, creo que hasta estaba enamorada de ti, jamás pensé que fueras así. Si al menos me hubieses dicho algo bonito cuando empezaste a manosearme. Lo siento. Adiós". Braulio deslizó una hoja sobre el carril y, asomado, lloró, pero el frío impidió que sus lágrimas se deslizaran sobre su rostro.

Autor

Nombre: Salvador Cortés Cortés

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