Las apariencias engañan

El uniforme negro, el delantal blanco y la cofia, prueban que esta mujer sirve en una casa de postín.
Mientras se afana en labores domésticas sueña que es la señora de la casa y que vive en el lujo y la abundancia. Entonces la realidad insoslayable acude con su dosis de sensatez para descabalgarla de tales fantasías. Pero durante el período estival su frustración es subsanada en parte, debido a que se queda sola en el fastuoso chalet. Por las noches no duerme en la habitación que tiene asignada, sino que lo hace en el dormitorio principal, envuelta en sábanas de algodón egipcio. Cuando desayuna, almuerza o cena lo hace con vajillas Royal Copenhagen y copas de cristal de Murano. Cada día selecciona del armario uno de los modelos firmados por modistos reputados, que conjunta con zapatos de Vuitton. Y luce las excelentes réplicas de las joyas que la propietaria de la casa tiene a buen recaudo en la caja de caudales.
Los ladrones, que acaban de burlar los sistemas de alarma de la finca, no creen ni una palabra de lo que la sirvienta les dice: que es la criada, que la señora está de viaje y que no conoce la combinación de la caja. Tales palabras habrían sido plausibles si estuviera uniformada, y no vestida con un modelo exclusivo.
Los ladrones le conceden cinco minutos para que reconsidere su negativa. En caso contrario, juran que le volarán la cabeza.
Los asaltantes, además de ladrones experimentados, demostrarán, una vez expirado el plazo, que es gente de palabra.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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