Las tres edades

Marcial viajó mucho de joven; visitó numerosos países europeos y americanos. Allí fotografiaba paisajes, monumentos, escenas cotidianas, personas solitarias,… Raramente se autofotografiaba. Las cámaras eran analógicas y los carretes se acababan pronto. Después, en casa, ordenaba escrupulosamente las fotos y de vez en vez las revisaba, rememorando aquellos momentos casi siempre felices.
Ya adulto le sorprendió la innovación de las cámaras digitales. Con ellas logró realizar la utopía de fotografiar sin preocuparse por el número de imágenes posibles. Sus temas eran los mismos que en su juventud y, al igual que en esa etapa, se mostraba siempre de soslayo o no aparecía. Aún así, cuando repasaba las fotos contemplaba como el inexorable paso del tiempo le afectaba: la barriga más prominente, las primeras canas, un ligero encorvamiento. Le recordaba a la imagen de un árbol caducifolio a principios del otoño, cuando comenzaba a perder la vida.
Anciano, hojeaba un raído albúm de fotos de tapas verdes. Junto al balcón, aprovechando la claridad del mediodía, pasaba las páginas lentamente. En ocasiones acariciaba por encima las imágenes, queriendo extraer el lenguaje secreto que veía: la primavera de su vida. Luego, encendía el portátil y revisaba sus fotos de adulto –treinta, cuarenta, cincuenta años–, y después las más recientes. Pudo percibir la decrepitud, la calvicie matizada por los cabellos blancos, las arrugas. Sabía que el invierno de su vida había llegado.

Autor

Nombre: José M. Fernández Ros

22

78

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies