Lechugas

Me pegué al cristal que nos separaba para estar lo más cerca posible de ti y lloré. Lloré, no sé cuánto tiempo, todo lo que tenía que llorar, con toda la rabia y toda la tristeza que tenía acumulada. Lloraba cuando Dani vino a rescatarme de ese cristal que me tenía preso. Y lloré con más pena, si cabe, cuando me despegó de él y me abrazó, con dulzura y firmeza. No quería marchar.

Regresé a la mañana siguiente. Solo. En la sala, sentado, abandonado y decrépito; viejo y débil estaba el abuelo. No estaba preparado para esto, decía.«Si al menos nos hubiesen dicho que se encontraba mal, que esto podía pasar pero ¡lechugas, ha sido tan repentino!», dijo entre lágrimas.

En el momento más duro y más triste de su vida su rabia salió con un ¡LECHUGAS! De nuevo frente al cristal, me sorprendí pensando en lechugas, montones y montones de lechugas verdes, apiladas unas encima de otras.

Pudimos pasar a darte un beso, a despedirnos. Imagínate abuelita, ¡despedirte! Al rozar tu mejilla helada lo intenté: «Abuelita, despierta ―susurré a tu oído, bajito para no asustarte―, despierta por favor». No despertaste. «Abuelita, estamos todos aquí, contigo, venga, abre los ojos». No los ibas a abrir.

Te incineramos.

Al abandonar el cementerio, vi a la prima asfixiando con un abrazo al Cristo de tu ataúd. Sonreí pensando cuan curiosa es la forma en que cada uno aplaca su dolor: la prima con el Cristo; la tía con tu dentadura en su bolso; mamá con la grabación de tu voz… Y el lechugas del abuelo.

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