Lejos de las pulgas

Cuando cumplí ocho, por fin, me dejaron tener un gato. Con ocho años y un día, mi tía Fina me dijo que tenía que cuidarlo y ocuparme de que no le faltara de nada; tienes que darle pienso, agua y limpiarle la arena todos los días, tienes que ocuparte de que no le falte de nada. A los ocho años y tres días vi que a mi gato le faltaba de todo, así que lo bajé de nuevo a la caja del portal de donde lo habían sacado. Esa misma tarde mi tía Fina, estirada y tiesa como una grúa, alargó el brazo y enganchó al minino para apartarlo de la camada. El cachorro, suspendido en el aire, intentaba agarrarse a la nada con sus zarpas todavía de papel mientras otras zarpas, pintadas de rouge passion y mucho más fieras, lo alejaban del abrigo de sus hermanos.

Te dije que no los juntaras, me abroncó, esos están llenos de pulgas.

No sé si los gatos del portal alimentaban pulgas o no, pero tenían madre y calor a espuertas, eso sí que lo sé.

A los catorce mi madre alargó el brazo, me enganchó, me sacó del barrio y me llevó a un colegio de pago para que no me faltara de nada.

Y allí, lejos de las pulgas, seguí unos pasos que no eran los míos, acompañado siempre por un gato libre de parásitos y lleno de penas.

Autor

Nombre: Eva Miró

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