Los ojos del cielo

En este agujero de piedra, Rodolfo y yo vemos los ojos del cielo. Nos aplastamos contra el fondo para alejarnos de las esquirlas. Pero no alcanza.
De chico me habían hablado del ángel de la muerte y del temor de Dios. Todo eso son cuentos. No estamos aburridos, porque el frío no es aburrido; ni es aburrida el agua que ya tapó la cara de Rodolfo. Tampoco hay miedo. Hace tiempo que nos dimos cuenta de que los laureles y las medallas no existen. Vemos fuegos de colores, como en las fiestas.
También me hablaron de los mandamientos. Yo no sabía qué era amar a tu prójimo como a ti mismo, ni qué era cometer actos impuros. Después entendí. Aquí abajo, el ángel de la guarda, al que no conocía, me pide que no llore, justo ahora que estoy medio sumergido y sacudido por las explosiones. Patricia me enseñó lo del sexto mandamiento, poco antes de que nos trajeran a este pozo. Todo el mundo enseña algo. Mi abuela al despedirse en el geriátrico, dijo que la muerte huele a verduras hervidas y a orín. Al tercer día de haber terminado de sembrar las minas se lo conté a Rodolfo y me dijo que hacía demasiado frío para sentir olor. Ahora no quiere hablarme. Se escondió bajo el agua en esta trinchera. Cerro Destartalado. Tumbledown, Malvinas.

Autor

Nombre: Walter Fernando Espinosa

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