Los restos

Es abrasador. Se podría llegar a pensar que carece de sentido albergar este calor en mis manos, pero lo siento. El hielo se aferra a mi piel, ingrávido, doliente, como un súcubo infernal que me engaña y atrapa. Recorro unos últimos y cruciales pasos antes de hundir nuevamente mis brazos en ese cálido frío, y entonces pienso: «¿Ha merecido la pena todo este esfuerzo? ¿Recordarán mis hijos, mis pequeños y hermosos niños, este día?». Otro fin de semana que se acaba; nuestra meliflua y sugerente experiencia juntos en la nieve; dos semanas en las que sufriré la espera, los días que resten sumido en la náusea sartriana de mi insignificante existencia; una agonía ligera, aunque palpable en la que me he visto inmerso. La madre, esa huésped malintencionada que pasó por mi vida dejando una herida que no cicatriza, podrá verlos sonreír por cualquier chanza..., a mí me quedarán solo los restos.
Recorro esos últimos pasos hasta el coche, no sin antes acariciar el manto de copos de nieve, avisar a los chicos para que dejen sus juegos y se introduzcan en el vehículo. Ella me había mandado su habitual mensaje exigiendo premura apenas hacía media hora. No me convenía volver a enfadarla, salvo que quisiera desfilar una vez más por los gélidos juzgados.
Me animo pensando, mientras conduzco, en que ellos crecerán; se harán mayores y comprenderán... Tal vez, no sé, es solo un deseo de un padre alienado por el sistema.
Hemos llegado. Ella observa con desdén cuando me marcho.

Autor

Nombre: Samuel J. Peñalver

0

53

Deja un comentario

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies