Manos ardientes, bocas selladas

Sueño que un día nos volveremos a encontrar en el mismo banco donde nuestros dedos se rozaban y nuestros ojos ardían de deseo oprimido. Nos censuraban el besarnos y las promesas, pero nunca nos pudieron quitar el deseo. Nos robaron el derecho de estar juntas, y quizá precisamente por esto, supimos amarnos mejor en los silencios y en los gestos que nadie advirtió, ni siquiera nuestros maridos. Los conocimos cuando lo nuestro ya era sólido. Fueron buenos títeres de nuestro engaño; siempre creyendo que nos derretíamos con sus besos y su sexo, nunca intuyendo que en nuestros corazones seguía tejiéndose un amor muy distinto al suyo, o que sólo queríamos sus alianzas para escondernos del fuego de la calle, pero sobre todo del incendio que amenazaba en arder dentro de nuestras casas, y con ello, la piel de nuestros seres queridos.

Autor

Nombre: Sarsanedas

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