Me enamoré del desierto

Me enamoré nada más verle. Reunía todos los colores, desde un claro beis, al amanecer, al más intenso naranja en el ocaso.

Parecía blando, ardiente. Daba miedo romper la perfección de los dibujos de las ondas; deshacer con la pisada el vértice que formaban la unión de las dos laderas. Sin embargo, era compacto, fresco, como nunca hubiese sospechado. No pude imaginar tanta belleza hasta que mis ojos se inundaron de minúsculos granos. Yo, como único centro, embebida por un inmenso mar de arena. Por más que miraba a mi alrededor, era incapaz de llegar a ver el confín de las dunas. Eran como miles de senos apretados unos contra otros, sin molestarse.

Provocaba sed solo con mirarlo. De pronto vi en el horizonte una neblina que parecía mover el paisaje árido y me hizo ver un oasis. Pensé que sería una alucinación provocada por el calor y la sed. Aquel espejismo me hizo ver agua donde solo había arena. ¡Existían los espejismos!
Me enamoré de él a primera vista, me envolvió la perfección de sus arenas, el calor amable, el fresco de la tarde.

Quería tocar con mi dedo índice el vértice que rodeaba la duna, pero me dio miedo que el entusiasmo me llevara a lo más interno, y entre aquellos altibajos, perdiera la cordura y no quisiera regresar.

 

Autor

Nombre: Rosario Serra

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1 comentario
  1. Un gran trabajo Rosario. Cuánto se dice de algo de lo que no puede más que afirmarse su inmensidad, arena, y el calor o frío intensos.

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