Mi primera muerte

La primera de mis muertes fue la más sencilla… quizá por la inconsciencia que acompaña a todas las primeras veces, quizá porque fue rápida e indolora. Un golpe seco que ni vi venir y todo quedó en silencio. Lo peor vino después porque, tras unos minutos de oscuridad, pude oír todo lo que se decía a mi alrededor; sentí como lavaban mi cuerpo inerte, lo vestían y lo metían en una caja. Pude oír los lamentos de los que me querían y las falsas lágrimas de los que solo lo fingían. Oí como cada palada de tierra que golpeaba mi ataúd iba ahogando las voces hasta devolverme a ese indescriptible silencio de ultratumba. ¡Qué cruel maldición la que me niega el descaso eterno! Disfruto de cada día como si fuera el último, amando cada risa, cada llanto, cada sensación. Intento así alejarla de mí y que olvide su juego cruel pero, como el amante más devoto, la muerte siempre acaba regresando a mí. Y cada vez he de esforzarme más en recordar como aunque haya muerto mil veces, he vuelto a renacer otras mil, como mi lucha contra lo inexorable me ha dado momentos de brillante felicidad. Y hoy, como cada vez que mi aliento se detiene, he despertado en la oscuridad de mi lecho fúnebre, con este asfixiante olor a tierra y el pánico a no poder salir. Solo me queda volver a arañar esa tierra para volver a vivir… al menos una vez más.

Autor

Nombre: Yolanda Salgado

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