Momentos (El mar y yo)

La suave brisa me acaricia mientras camino lentamente sobre la arena mojada. La playa, a estas horas de la madrugada, está desierta. El inmenso azul del mar a mi izquierda y el templario castillo al fondo. El sol elevándose, perezoso, después del nocturno reposo. Paisaje hermoso, paraje de postal.

El tenue sonido de las olas que rompen plácidamente me arrulla y me sume en un plácido sosiego. Un ansiado y breve paréntesis, tiempo de vaciar preocupaciones, tiempo de descargar tensiones.

Me detengo y contemplo la inmensidad marina que se abre ante mis ojos. Avanzo con paso firme y poco a poco me sumerjo en las cálidas aguas que me van envolviendo. Siempre prudente, nacido a orillas de bravo océano, nado enérgicamente paralelo a la ya algo lejana playa.

A cada brazada degusto el placer de poder disfrutar de tan excelso momento, solitario nadador al alba. Y así no tardo en alcanzar los restos del antiguo puerto, a los pies de las murallas que protegen la papal fortaleza.

Aprovecho los peldaños sumergidos de una escalera de piedra para auparme sobre el viejo malecón. Desde allí, algo fatigado, contemplo el tranquilo despertar del pueblo. Y, en silencio, rezo una oración de gracias.

Autor

Nombre: José Luis Cagiao Lagares

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2 comentarios
  1. Preciosa playa la de Peñíscola, y sugerente relato, que provoca una envidia tan sana como nostálgica por mi parte. No sabes cómo me gustaría estar, al igual que tú, tan cerca de ese querido mar. Muchas gracias por el baño, y tu madrugadora invitación a nadar…

  2. Gracias a ti por tu comentario. Efectivamente, es la playa de Peñíscola. precioso pueblo que frecuento con mi familia todos los veranos. Un abrazo.

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