Noche de mayo

Los soldados cargan armas y apuntan a los insurrectos.
Puede verlo desde la ventana porque la luz que arroja un farol se proyecta con violencia sobre la blanca camisa de uno de los hombres que está arrodillado en el suelo.
Los disparos suenan secos y rotundos y disturban el silencio de la noche sahumada de olor a pólvora.
Los soldados se marchan desfilando como autómatas. Entonces sale de la casa portando una gran carpeta.
Contempla a los cadáveres que forman una macabra vorágine de manos, piernas, troncos y cabezas y, si no padeciera de sordera, podría oír en aquel proscenio de muerte y desolación, algunos rumores o gruñidos procedentes, tal vez, de algún mal fusilado, o emitidos por las ratas que acuden raudas al festín.
Las nubes ocultan la luz de la luna y la oscuridad se cierne sobre el campo. Ajeno a todo aguarda a que el celaje se disipe.
Cuando fulgure de nuevo la luna argentando el bermellón de la sangre que salpica a los muertos, abrirá la carpeta, sacará papel y carbón y comenzará a dibujar.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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